Lucia siempre había deseado tener un balón, pero un balón de reglamento, igual que el que tenía Manolo, su vecino del 3º interior, un balón blanco con rayas negras, duro, al que se le pudiera dar una señora patada sin que se desinflara. Cuando bajaba a la calle a jugar y veía a los chicos echando un partido de fútbol, siempre se quedaba allí, sentada en el bordillo jaleándolos; ella siempre iba con el equipo de Fernando, sin importarle quienes lo integraban.
Charo y Lolita se sentaban un rato con ella, pero enseguida se aburrían y se marchaban con su pelotita de colorines a jugar al juego tonto de pasársela por debajo de la pierna, y cantar las estúpidas cancioncillas que acompañaban a los movimientos del susodicho jueguecito.
De vez en cuando un “chute” demasiado fuerte de los chicos hacía que el balón volara por encima de su cabeza, entonces, rápidamente echaba a correr y llegaba hasta el balón antes que cualquiera de ellos. Los esperaba con el pie sujetándole y cuando él de turno iba a quitárselo, ella le regateaba hábilmente y pateando el balón llegaba hasta una de las porterías, nunca había conseguido meterles un gol, pero lo seguía intentando sin descanso. Cuando los chicos le insultaban y empujaban para que dejara el campo improvisado, ella aguantándose las lágrimas de rabia, subía a su casa y se dedicaba a despegar los cromos del álbum de su hermano.
Eso mismo le había pasado esa mañana, y ahora estaba en el comedor de su casa, arrancando metódicamente los cromos, y esperando que subiera “su querido hermano”, para que le sacudiera como cada vez que encontraba desperdigados por el suelo del comedor los trocitos de los cromos.
Su madre entró en ese momento con el plumero en la mano y al verla le gritó-¡Pero niña, otra vez¡ ¡ya vamos a tenerla con tu hermano, es que mira que te gusta hacerle rabiar¡ Y azuzándole con el plumero hizo que se levantara de la silla. Le siguió dándole suaves golpes con él hasta llegar a la puerta de la calle-¡Anda guapa, vete a jugar con tus amigas y déjame un rato tranquilita¡-Le dijo, dándole un beso en la frente.
Lucía bajó hasta la calle y escondida tras la puerta del portal, espió a su hermano y sus amigos que continuaban jugando el encuentro. Sabía que si alguno de ellos la veía, irían a por ella y le tirarían de las trenzas salvajamente, así que se escabulló lo más deprisa posible cuando todos corrían hacía la portería contraria.
Dobló la esquina de su calle y caminó sin rumbo fijo esperando encontrar a sus amigas. De cuando en cuando se detenía y contemplaba algún escaparate. Paró delante de la pastelería del Sr. Angel, y con la frente pegada al cristal contempló arrobada los dulces que estaban expuestos. Sus favoritos eran las bambas de nata y las del Sr, Angel eran las mejores de todo el barrio. Su padre siempre llevaba el 18 de Julio, decía que ese día era para celebrarlo, ella no sabía que se celebraba ese día pero le daba igual, le encantaban los dieciochos de julio.
Paró también delante de la “Tienda de Modas Mariví” y se fijó especialmente en un vestido azul con pequeñas flores blancas. Se sorprendió pensando que el vestido era muy bonito y que le gustaría ponérselo, a ella no le gustaban “las cursiladas”, prefería quitarle los viejos vaqueros a su hermano, aunque cuando su padre le veía con ellos puestos le decía muy enfadado-¡A donde vas con eso, eres un marimacho¡ ¡quítatelos ahora mismo y ponte ropa decente¡
Siguió paseando mirando de cuando en cuando algún que otro escaparate hasta que llegó a la tienda de deportes de la esquina. ¡Allí estaba¡ Entre una bicicleta roja enorme y unas palas de ping pong, ¡Su balón¡ Miró el precio, las quince pesetas que costaba le parecían una millonada. Solo tenía ahorradas seis, claro que si conseguía encontrar la hucha de su hermano, que tan bien guardaba.....recordaba que el tío Paco le había dado a su hermano dos duros el día de su cumpleaños, con lo tacaño que era seguro que aún los tenía.
Se sentó en la acera con la cabeza en las manos pensando en la forma de escaquearle a su hermano las diez pesetas, cuando al bajar la vista al suelo vio una pequeña cartera pegada al borde de la acera.
Miró rápidamente a lo largo de la calle y no vio a nadie cerca. Cogió la cartera y salió corriendo en dirección a su casa. Cuando llegó al portal la calle estaba vacía, había terminado el partido.
Se metió en el portal y escondida detrás de la puerta, abrió la cartera. Sólo había la foto de una señora más o menos de la edad de su madre, que posaba muy envarada vestida de domingo. Miró en el monedero de la cartera y dio un grito ahogado...¡Veinte duros¡ ¡Eso era una fortuna¡ Podría comprar el balón e incluso el vestido de flores, pero... ¿qué le iba a decir a su madre? No, no compraría el vestido, solo el balón, y el resto lo guardaría y lo gastaría poco a poco. Le diría a su madre que encontró el balón en la calle y que como no había visto a nadie, se lo había quedado.
Salió corriendo otra vez hacia la tienda de deportes, y al rato salió con su balón entre las manos, lo tiró al suelo y dándole patadas lo llevó hasta su calle.
Llevaba bastante rato jugando, cuando vio a su padre que llegaba de trabajar, cogió el balón del suelo y corrió hasta él. Al llegar a su lado se empinó para darle un beso, pero su padre la detuvo con un gesto de la mano. Asombrada le miró y vio una mueca de desdén en su rostro, y de un manotazo le tiró el balón al suelo.
-¿qué haces jugando en la calle como un chicazo? ¡Me tienes harto Lucía-dijo cogiéndole de un brazo, y tirando de ella hacia el portal- ¡Vamos a casa, se acabaron las contemplaciones¡ ¡Te voy a llevar interna a un colegio de monjas¡
-Papá, papá .....mi balón-sollozó Lucía intentando zafarse de su padre.
-¡No te preocupes por el balón, ya lo cojera alguien¡
javi brasil — 01-08-2005 20:04:18
morgaana — 01-08-2005 20:51:57
javi brasil — 01-08-2005 21:11:33
Lety — 02-08-2005 04:54:28
morgaana — 02-08-2005 08:49:15
Michelle — 02-08-2005 15:31:08